Gerda Taro, el valor de una mujer en tiempos de Guerra

Es el 26 de julio 1937. Una mujer yace extendida en la cama de un hospital improvisado de Madrid, inmóvil. Las manos cruzadas en el vientre, un camisón inmaculado la envuelve. Parece que está durmiendo. Pero los regueros de sangre que le bajan por la nariz y por la boca congelan el aire en la estancia,  bajo el peso de la verdad: esa mujer está muerta. Esa mujer es Gerda Taro.

Junto a ella hay un médico, inclinado sobre su cama. Con un gesto delicado y amoroso, casi como el de un padre, limpia el rostro de esa sangre derramada demasiado pronto. A sólo 26 años Gerda muere, después de haber vivido con intensidad cada momento de su breve vida. Su final ciertamente no podía ser diferente: intenso, disyuntivo e impredecible, exactamente como ella.

Una fotografía retrata sus últimos instantes, precisamente mientras ese médico cuida del cuerpo ya exánime.

gerda y médico

Por cualquier extraño juego del destino, esta fotografía vio la luz sólo 80 años después de su muerte.

El doctor retratado en la imagen, murió improvisamente, y el hijo recibe la fotografía en herencia, sacándola a la luz sólo después de varias décadas.

Una extraña coincidencia, un mix de olvido y memoria reencontrada que une a esta mujer a los increíbles eventos de la maleta mexicana. Parece que este sea el destino de Gerda y de sus fotografías: perderse, para después reaparecer muchos años después a miles de kilómetros de distancia.

Gerda Taro: retrato de una mujer no convencional

Gerda Taro es la primera foto repórter mujer en haber perdido la vida en la guerra. Siempre en primera linea, la cámara fotográfica lista a tomar en ráfaga. Pero ella es mucho más que esto.

Una mujer irreverente, descarada y muy bella. Con su cabello corto y su desenfado le valen el sobrenombre de «rubia de Brunete» (un municipio en el interior de España, teatro de una cruenta batalla en julio de 1937, en plena guerra civil)

gerda cámara

Anónimo 1937. Gerda Taro es retratada mientras realiza uno de sus reportajes.

Gerda Taro no es una mujer común. Nació libre, y nada ni nadie lograrán nunca aprisionarla, ni siquiera cuando terminará realmente en la cárcel. Una mujer fiel a sí misma y a sus ideales, en una época en la cual hacer oír la propia voz suena como un delito terrible.

Gerda nace en Stuttgart en 1910 de una familia judía de origen gallego: su verdadero nombre es Gerda Pohorylle. Rebelde y revolucionaria, no soporta las injusticias y la opresión.

A los 23 años se hace arrestar con el cargo de haber distribuido volantes anti nazis en Leipzig, y se vuelve el ídolo de sus compañeras de celda: canta canciones americanas y vende los cigarros que el padre le consigue a escondidas.

En el mismo año. 1933, Hitler se vuelve canciller y la joven decide dejar Alemania una vez que sale de la prisión.

Se muda a París, donde se inventa una nueva vida y cambia su nombre por el de Gerda Taro. Ahí, entre las mesas de los café parisiens, encontrará al único hombre que será capaz de mantenerla tranquila.

El encuentro entre Gerda Taro y Robert Capa

«Gerda, riendo, le despeina el cabello: « Qué quieres de mi vida, André?»

«No lo sé,  júrame que lo crees».»

La chica con la Leica, 2017, Helena Janeczec.

Antes de Gerda no existe ningún Robert Capa. Existe sólo Endre Friedmann, un joven fotógrafo húngaro, él también de origen judío, él también con una maleta llena de sueños.

Los dos se enamoran, es inevitable. Se complementan al punto de descubrirse dos mitades de la misma persona. La chica trabaja para una agencia de imágenes de París, y con la ayuda de Robert se perfecciona en el arte de la fotografía. Poco después empieza a colaborar con él.

gerda y robert

Gerda Taro y Robert Capa en el Café du D­­­ome de París, en 1936.

No obstante la fuga de Alemania, la sombra del antisemitismo amenaza a las espaldas de ambos. Los nombres traicionan sus orígenes y las grandes revistas de la época no están dispuestas a contratarlos. Gerda no es una que se rinde de frente a las dificultades, y lo demuestra con una intuición: inventarse seudónimos.

No hay más espacio para Gerda Pohorylle y Endre Friedmann. Ahora el palco escénico es todo para Gerda Taro y Robert Capa.

La muchacha se inventa una historia: un famoso fotógrafo americano, conocido como Robert Capa, se encuentra temporalmente en Europa para algunas colaboraciones.

En poquísimo tiempo los mayores titulares de la época contienden por sus fotografías, y la fama de Capa crece sin medida. Nadie sabe que detrás a este nombre altisonante se esconden las tomas de Friedmann y la mente de Gerda.

La Guerra Civil Española es el teatro que consagra a Robert Capa como el más famoso fotógrafo de guerra de todos los tiempos. La contribución de la Taro, en cambio, no es igualmente reconocida.

Ambos se encuentran en el frente porque  son  partidarios convencidos de la causa española. Se consideran ciudadanos del mundo y están dispuestos a arriesgar la vida para documentar los eventos a través de sus fotografías.

Están siempre en la primera linea al lado de los milicianos, luchan y sufren con ellos. Hay quien jura haber visto a Gerda en el campo de batalla llevando zapatos de tacón, gritando e incitando a los soldados a cerrar las lineas.

Arrastra los caballetes y las cámaras por kilómetros, indiferente al peligro.

Se vuelve el ejemplo concreto de una de las más celebres frases pronunciadas por su pareja, que se transformará con los años en el lema símbolo de cada foto periodista: » Si tus fotos no son lo suficientemente buenas, no estabas lo suficientemente cerca».

soldados

Gerda Taro, mayo de 1937. Dos soldados transportan un herido en camilla al Paso de Navacerrada. Esta fotografía inspiró a Hemingway a escribir la novela «Por quién doblan las campanas».

Gerda toma centenares de fotografías, quizá miles, pero eran todas publicadas y firmadas por Capa.

Y así, mientras él se vuelve importante, ella cae en la sombra. Después de pasar una vida  luchando contra los prejuicios, las etiquetas y las disparidades sociales, ahora sus méritos son oscurecidos por su compañero.

Pronto rechaza la propuesta de matrimonio de Robert y elige seguir sola su carrera. Comienza a trabajar para Ce Soir, una revista de izquierda, y conoce personalidades del calibre de Ernest Hemingway y George Orwell.

Funda su propio sello, la Photo Taro, y publica sus propias fotografías en algunas revistas importantes de la época como Life, Volks Illustriert y Regards.

Su nombre comienza finalmente a ser reconocido a nivel internacional. En 1937 de hecho, sus fotos atraen la atención de la prensa mundial, precisamente mientras ella se encuentra en Brunete para documentar los enfrentamientos en el frente español como enviada de Ce Soir.

Nadie podía imaginar que ese sería su último reportaje.

soldado y cartel

Gerda Taro, marzo de 1937. Un soldado español cuelga un cartel que contiene un mensaje dirigido a sus compañeros del ejercito, para motivarlos a enfrentar al enemigo.

La muerte de Gerda Taro

Esto nos regresa al inicio de nuestra historia. En ese hospital de Madrid, donde Gerda yace ensangrentada en una cama.

Los alemanes han bombardeado el convoy en el cual viajaba la chica, de regreso al frente de Brunete. El accidente la hace caer a tierra, donde viene envestida por un tanque que la aplasta bajo sus ruedas.

Se cuenta que, incluso en ese momento, Gerda no pensaba en la muerte: quiere sólo saber si los rollos y la cámara están seguros.

noticia muerte

Periódicos de la época informan la muerte y funeral de Gerda Taro.

A su funeral participan más de 100,000 personas, Pablo Neruda lee el elogio fúnebre y de fondo suena la marcha de Chopin. Capa está completamente devastado por la muerte de su compañera, y no se recuperará nunca del todo.

Y sin embargo, ni siquiera un año después, pocos parecen recordarla y su contribución al mundo de la fotografía. Es como si su completa existencia fuese cubierta por el velo de la indiferencia y del olvido.

La herencia de Gerda Taro

La historia contemporánea finalmente le ha dado voz a esta mujer, cuyo nombre ha vuelto a resonar con fuerza en los oídos de medio mundo. Libros, canciones, muestras fotográficas dedicadas a ella cuentan hoy su historia a las nuevas generaciones.

«Había dedicado su espléndida vida a una tarea digna, a una justa causa perdida». En estas palabras de la escritora italo-germana Helena Janeczec está toda la esencia de una pequeña rubia de carácter de hierro.

En su libro «La chica con la Leica», la autora cuenta la historia de la Taro a través de las palabras y los recuerdos de quien realmente la conoció.

Gerda se vuelve un modelo para las mujeres contemporáneas. Su carácter fuerte y su determinación la llevaron a revolucionar su propia vida, moldeándola de acuerdo a sus ideales.

Poco importa si tuvo que luchar contra los prejuicios de la época para conquistar su lugar en el mundo y gritar su valor con todo el aliento que tenía en el cuerpo. Finalmente, ella ha ganado. El recuerdo está vivo todavía hoy, su vida es fuente de inspiración para muchísimas mujeres que todavía viven las mismas dificultades.

Nunca tuvo miedo de mostrarle al mundo quién era en realidad, a costo de perder la propia vida. Siempre fue libre, incluso durante una guerra que encadenó y mató a miles de personas. Ella incluida. Eligió conscientemente irse al frente, y no hubiera querido estar en ninguna otra parte.

Sus fotografías te catapultan hacia atrás en el tiempo y cuentan el conflicto, incluso a quien no lo vivió en primera persona. De la película trasluce todo el valor, la consternación, el cansancio, el sufrimiento y la muerte que la Taro supo tomar y fijar en la memoria de todos nosotros.

gerda maquina escribir

Fred Stein, 1935. Retrato de Gerda Taro con la máquina de escribir.

soldados tocando

Gerda Taro, febrero 1937. Un grupo de marinos se divierte tocando a bordo del barco Jaime I, en Almería.

Gerda Taro, marzo 1937 Retrato de una víctima de un ataque aéreo en Valencia.

La rubia de Brunete hizo de  su breve vida una obra maestra. Obstinada, elegante, descarada y rebelde hasta el final.

«Crees que un editor en jefe sepa distinguir la simple bondad de una imagen? Raramente. La fotografía está hecha de nada, inflada, mercancía que expira cada día. Se trata de saberla vender». Palabras de Gerda Taro.